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Sucede que cuando viajamos por diversos lugares dentro de un país encontramos
diversos localismos y regionalismos lo cual nos enseña a comprender la
pluralidad del mundo y que dentro de esta pluralidad debemos convivir
pacíficamente. Son muchos quienes tienen el privilegio de viajar para quedarse
durante un buen tiempo, interactuando, en zonas diferentes de Perú o fuera de
éste. Constatar que el idioma español no es uniforme y que las costumbres aún
son muy diferentes, diferencias que determinan la identidad de cada persona, de
su grupo y de cada pueblo es ya una perogrullada. Pero no está demás referirnos
e ella y, sin ir muy lejos, el que va a los andes verá que el lenguaje es
totalmente diferente al de la costa, y que ciertas palabras o frases similares
cambian fácil y totalmente de significado según donde estemos.
Llamarle guabas al pacae en la sierra, especialmente en la del norte, es
conocido por todos nosotros. Aún en la misma costa denominarle mocochos a los
yuyos o algas, o decirle buñuelos a los picarones muchas veces nos ha causado un
poco de gracia. Ya adentrándonos en el tema, imagínense ustedes usar una de
estas palabras en la gran Lima, con toda la mezcla cultural de hoy, puede ser
fácil que alguien nos entienda; pero fuera de Perú, en la misma América Latina y
en España (donde la Real Academia “supuestamente” marca de alguna manera ciertas
pautas del idioma), el lenguaje de cada zona específica es peculiar, lo cual no
impide una buena convivencia. Tal vez sea un tema trillado éste que les cuento,
pero vale la pena conocer algunas experiencias por mera curiosidad humana.
“Oiga usted, regáleme un tinto” dice una persona colombiana. El mesero o mozo en
Lima y el camarero español le preguntará qué es lo que quiere decir, pues lo que
pide dicha persona es que le sirvan un café y que él pagará pues para un
colombiano regalar es casi como comprar y el tinto es el café. “¿Vos, me das una
cerveza?” lo dice tanto una persona de Guatemala como Argentina.
Dado que Capulí ha tenido la oportunidad de observar la vida en España y en
muchos lugares de “la bella y vieja Europa”, vamos a centrarnos por ahora en el
caso europeo, especialmente en las palabras que pueden ocasionar confusiones
entre latinoamericanos, específicamente peruanos y españoles. Imagínense a dos
estudiantes peruanos Catherine López y Peter Quispe que obtienen una beca y
llegan a España a estudiar un curso de postgrado. Ya en la universidad les
informan que podrán disponer de un despacho con ordenador y que en la papelería
de la universidad podrán encontrar los “bolis”, las carpetas, los cederrones y
disquetes. Claro, éstos entrarán a dicha oficina o cubículo y verán una
computadora e irán a la librería de la universidad a recoger los lapiceros, el
fólder, los CDs y diskettes. Y si nuestros paisanos piden un fólder, serán
interrogados para aclarar que se trata de una carpeta. Lo gracioso es que cuando
nuestros estudiantes se familiaricen en el nuevo medio y empiecen a llamar a las
cosas según su sano entender peruano, se llevarán muchas sorpresas, porque
siguiendo con el lenguaje de las nuevas tecnologías, el mouse es llamado ratón
en España y la computadora, ordenador. Una vez instalados en un piso, es decir
en un departamento, tal vez se compren un celular es decir un móvil. Que a
nuestros becarios les llamen a su móvil y respondan como primera palabra “aló”,
de seguro que pensarán que son personas originarias del Este europeo o que son
franceses, cuando realmente son peruanos de pura cepa, ya que en España se dice
en lugar de aló: “dígame”.
Supongamos que se enteran que habrá un clásico del fútbol. Descubrirán que
mientras que en el Perú el arquero tapa los goles, en España el portero para los
goles. El delantero peruano para meter un gol patea la pelota, el español, chuta
el balón para hacer lo mismo. Hablando con sus nuevos compañeros, les presentan
a otras personas para lo cual, tendrán que acostumbrarse a dar dos besos, uno en
cada mejilla. Como todos los seres humanos, Catherine y Peter tienen que comer.
Ellos aprenderán que el almuerzo español se toma a media mañana (una especie de
prolongación del desayuno) y que nuestro almuerzo peruano en España se llama
comida, sí, sí, comida, a secas. Nuestros peruanísimos becarios se van al
supermercado y vaya sorpresa: las frutas, casi todas cambiaron de nombre: el
maracuyá es llamado fruta de la pasión (así le llaman también en Francia), la
toronja es el pomelo y entre otras verduras, las arvejas son guisantes, las
vainitas son judías, el poro es el puerro, y así por el estilo. Bien, vamos a
suponer que nuestros recién llegados deciden ir de compras y renovar su
vestuario. Entonces se toparán con lo mismo, ¡su ropa ha cambiado de nombre!
Peter busca una chompa (chompa: nombre tan peruano y abrigador), pero tendrá que
pedir un jersey; sí, sí, esa palabrita tan repetida en las letras de las
canciones de Hombres G: “le he quemado su jersey, se ha comprado 5,6…” Los jeans
que quiere Catherine se llaman ahora vaqueros, el body de color negro, ni
mencionarlo, ella debe preguntar en la tienda de ropas por un cuerpo de color
negro. Si uno de ellos quiere ver las casacas, pedirán que les muestren las
cazadoras, el buzo ya no se llama así, tendrán que preguntar por un chándal y
las zapatillas se llaman ahora: deportivas. Pero sigamos con la rutina de
nuestros amigos becarios, al escuchar música, tal vez Peter oirá su CD (léase
“cede”) de U2 (léase, por favor, “Udos”); y, si hablan con sus nuevos amigos
españoles, de algún personaje de la tele muy conocido se asombrarán al saber que
en España, por ejemplo, la Rana René se llama Rana Gustavo y que las telenovelas
son culebrones y es más, verán a Pedro Picapiedra hablando en castellano,
catalán y valenciano según cambien de canal.
Ni qué decir si se adentran en las relaciones más íntimas. Si alguien logra
conquistar a una chica o chico debe decir que ha ligado, es decir conquistado. Y
si esto no es un rollo, es decir, no es un “agarre”, ya tendrá enamorada o
enamorado lo que en España se llama novio o novia. Ay! Imagínense que Catherine
ligó y ya tiene novio. Jamás le podrá llamar a su novio ni como una muestra de
cariño: “flaquito”, “chinito”, “negrito”, “gringuito”, “gordito”, o algo por el
estilo. ¡Pues no y no! No se usa. Podría significar una ofensa. No sucede como
en Latinoamérica que las parejas suelen decirse: “flaquita (o)”; “cholito (a)”,
etc. En España es preferible usar por ejemplo: cariño, guapo, guapa, cielo, sol,
reina, rey o princesa. Tiene que usarse un lenguaje más monárquico para que
suene mejor: asuntos de cada cultura, estimados lectores. En Francia, ni
pensemos en hacer esto, además, allí no existe el piropo de este tipo ni en
privado ni mucho menos en las calles. Italia es otro cantar, allí sí que se
podría actuar, digamos, con más soltura, “peruanamente”, si cabe la palabra,
piropos por doquier en avenidas, trenes y metros; pero esto es tema para otro
escrito.
Lo ejemplar de estas diferencias, sobre todo en el habla, sirve para creer, una
vez más, en que es posible llegar a comprenderse entendiendo las diferencias. No
obstante, tales diferencias en el lenguaje no impide que la gente de todas las
culturas logre entenderse. La lengua española de América Latina, así como el
castellano de España, son tan válidos el uno como el otro. Ambos forman parte de
la segunda lengua en el mundo. El habla hispana de nuestro lado, es decir, el
que nos pertenece a nosotros los latinoamericanos, ya es parte de ese segundo
lugar en el mundo, aunque la sola existencia de la Real Academia Española genere
aún debate y cause polémica, la labor de difusión de los hispanoamericanos de su
lengua es grandiosa. Grandiosa porque permite mayor integración y comunicación.
Para terminar vale la pena mencionar cómo hasta en el mundo infantil hay
diferencias y a la vez, mucho entendimiento en el lenguaje. Quizás a Peter su
abuela le dijo de niño cuando lo llevaba de paseo por la calle: “dame la manito,
Peter”. En España, la abuela le dice a su nieto: “dame la manita, Joan”, pues
queridos lectores, mientras que en toda Hispanoamérica decimos en diminutivo a
la mano manito, en España se dice manita, pues la mano es femenina. Por lo
mismo, una chica argentina le dirá a su novio que se quiere “propasar”: “saca la
manito, Christian”. Es curioso saber que las diferencias pueden ser graciosas
hasta en los nombres de los juegos infantiles. Entrando en los términos usados
por los niños, es jocoso saber que nuestro Yan Ken Pó, que es una frase china,
tiene su nombre en castellano. En España los niños esconden la manita, pero no
dicen “a la yan ken pó”, sino “piedra, papel o tijera”. Y cuando juegan a las
escondidas no dicen como nuestros niños peruanos: “ampay, Jennifer”, sino “te
pillé, María José”. Jennifer, María José, Peter y Catherine pueden y son capaces
de entenderse e integrarse en cualquier parte del mundo. Ya decía Augusto
Monterroso que podemos nacer por azar en cualquier punto del planeta y no ser
dueños de ese metro cuadrado. En realidad somos dueños y habitantes de un solo
lugar: el mundo. La convivencia pacífica en cualquier parte del mundo, aún a
pesar de las diferencias en el lenguaje, es posible.
Marzo de 2003.
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