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OPINIÓN DEJAR LA CASA CHICA, DENTRO DE LA MISMA CASA
 

¿Quién no soñó con salir de su pueblo para mejorar sus condiciones de vida, para buscar mejores horizontes? ¿Quién no hipotecó su vida para encontrar comodidad para sus hijos fuera de su tierra querida? Ser un inmigrante en Trujillo, Chiclayo, Lima y en el mismo San Jacinto es casi lo mismo como cruzar un Océano y salir al extranjero, es un “salir, pero dentro de la misma casa”, es decir, salir de un lugar para establecerse en otro dentro del mismo país. Si bien la migración es connatural a todas las sociedades, suele suceder que los recién llegados son considerados como los extraños, como esos “otros” quienes cambian el rostro de la ciudad que “los recibe” y surgen entonces relaciones tensas entre los supuestos anfitriones u originarios y los inmigrantes o foráneos. Son relaciones conflictivas donde la víctima es el inmigrante y el dominante es el dueño de casa y, si lo vemos con ojos de éste último, de invasores e invadidos. San Jacinto y todo el Perú han sido y son generadores de inmigrantes por razones económicas, ahí están los miles de san jacinteños poblando los diversos distritos populosos del Cono Norte de Lima. Ellos han tenido la experiencia del recibimiento de la gran Lima o de otra paradigmática ciudad, especialmente de nuestra costa. Con el perdón del lector, esta dulce mujer como la caña y de color del capulí se atreverá a generalizar: el acento, sí, la forma de hablar refleja nuestra zona de procedencia, además de las facciones y el comportamiento y si vamos más allá, los apellidos y hasta la forma de vestir. Esta forma de diferenciar al “otro” es parte de una actitud intolerante. La intolerancia es parte de nuestra “realidad cochina”, pero realidad al fin. Si tomamos en cuenta la otra cara de la moneda y hacemos una reflexión con un sentido autocrítico, tal vez sepamos qué hacer ante tal realidad.

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Los que se fueron un día y se establecieron en la gran urbe, regresan a su querida tierra que “los vio nacer” ocultando lo vivido, porque el orgullo lo impide. Cuánta hipocresía se percibe y se interioriza y lo que es peor, cómo se recrean. Se cae en el mismo juego y muchas veces se termina despreciando lo que un día fue nuestro. Se llega a ser el ejemplo del profeta fuera de su tierra, del exitoso que un día fue un poco más pobre. Producto de la alienación, nos rendimos ante la modernidad que no tiene nuestro pueblo, rechazamos el huaynito que alguna vez nos acunó, y si aprendemos las sincréticas formas limeñas las imponemos frente a lo que es propio y auténtico en nuestra pequeña casa (tierra). Los que se quedaron en la casita, admiran el progreso del que vuelve de visita. Admiración que se torna en emulación sin saber que se imitará la pura apariencia. Cuánta falta de identidad hay en nosotros. No valoramos lo que somos y tenemos. Dejamos el azúcar rubia, más natural, por la blanca, rechazamos las frutas y verduras de la chacra del vecino porque comer eso no es fino. La recreación es más cruel: siendo también San Jacinto receptor de inmigrantes, especialmente andinos, repetimos lo que sucede en las ciudades más desarrolladas. Recreamos más relaciones desiguales: los andinos de los barrio de San Martín, Miraflores o Santa Rosa no son bien vistos por los pobladores originarios de esta tierra del azúcar. La relación dominación-subordinación surge entre el barrio “pituco” y el más modesto del mismo San Jacinto. Muchas veces no se percibe que lo que sucede en la pequeña casa es casi lo mismo que en la grande y todo por no ser conscientes de que nosotros en tanto san jacinteños somos tan iguales que el capitalino o el que vive en Solidex vale tanto como el de Santa Rosa. ¿Con qué legitimidad moral podemos exigir que el limeño de Monterrico o la Planicie trate bien al provinciano si nosotros “mismos provincianos” en la casa pequeña discriminamos al “serrano” que llegó a buscarse la vida en el anexo de San José o Solidex Alto. ¿Sobre qué base exigimos tolerancia si nosotros mismos actuamos con intolerancia en nuestra propia casa frente al “cholo recién bajado”? Ignorar que esta discriminación puede volverse contra nosotros cuando emigremos hace que actuemos injustamente. Y claro, uno de los factores está en el famoso doble discurso: el que tenemos frente al que es inmigrante dentro de nuestro pueblo y el que adoptamos cuando somos inmigrantes en una gran ciudad. El de discriminador y el de víctima de discriminación al mismo tiempo. Doble discurso producto de la doble moral que nos aqueja. ¿Para qué adoptar el papel de víctima si como “visitantes” deseosos de echar raíces en la nueva casa (extranjero) podemos aportar lo mejor de nosotros porque ésa será desde ya la nueva casa propia? ¿Por qué no ser honestos y reconocer que los costos y los esfuerzos de nuestra salida, los mismos dolores que nos ocasionan el deseo del éxito fuera de nuestra tierra, también lo sufre el que llega a nuestro pueblo? ¿Por qué temerle a lo diferente cuando vemos a un foráneo? Sinceridad, solidaridad y tolerancia son la base para superar este problema. La consideración para con ese “otro” es la vía que nos puede ayudar a evitar falacias y apariencias, y reconocer que algún día, en esta era de la globalización, tendremos que salir de casa. Tanto el habitante del más recóndito caserío, como el san jacinteño o el limeño de la Planicie son en potencia inmigrantes, todos de una manera u otra; ya que cuando lleguen a Washington, Berlín, o Suiza, serán tratados según trataron al “otro” dentro de su misma casa. La vida es un eslabón donde los valores solidarios deben prevalecer; la solidaridad y consideración para con el “otro” evitará ser parte del peor eslabón de la cadena de esta vida. Consideración que implica educación en tolerancia ya que ella es la clave. Dice Umberto Eco en sus Cinco escritos morales: “la intolerancia por lo diferente o por lo desconocido es natural en el niño, tanto como el instinto de apoderarse de todo lo que desea”. Al niño se le educa en la tolerancia poco a poco, así como se le enseña el respeto por la propiedad ajena y, antes aún, al control del propio esfínter. Desafortunadamente, aunque todos llegan a controlar su propio cuerpo, la tolerancia sigue siendo un problema de educación permanente de los adultos, porque, en la vida cotidiana, estamos expuestos siempre al trauma de la diferencia. La intolerancia más tremenda es la de los pobres, que son las primeras víctimas de la diferencia, ya que ejercitada sobre los pobres es mucho más peligrosa. La intolerancia salvaje se ataja de raíz, a través de una educación constante que empiece desde la más tierna infancia, antes de que se escriba en un libro y antes de que se convierta en costra de conducta demasiado espesa y dura. Ahí está el desafío.

Enero de 2003.